Incertidumbre, por Rodolfo Izaguirre

¡Gabriel García Márquez no se expresaba en buenos términos de la Real Academia Española! Decía que la verdadera guerra contra el idioma castellano la hacía la propia academia. No es cuestión de cantidad de palabras o de diccionarios. Es cuestión de criterios, afirmaba. La academia se siente depositaria de la pureza del lenguaje, mantiene preso el idioma y no deja que ande suelto por la calle y se pervierta. Sostenía que las academias hermanas de Hispanoamérica han intervenido para que se considere que también el idioma es americano, y aplaudía a María Moliner por haber levantado un estupendo diccionario de palabras de uso que la llevó más lejos que la academia.

De la palabra “incertidumbre”, el Diccionario de la Real Academia en su vigésima segunda edición del año 2001 dice con asombrosa parquedad que es “falta de certidumbre”. Entonces buscamos el volumen que incluye las palabras que van desde la A hasta la G. Nos encontramos con “certidumbre”: “Falto de certeza”. Atorunadamente, una línea más arriba dice que certeza es “conocimiento seguro y claro de algo”. ¡Llegamos! Incertidumbre es, entonces, un vocablo de permanente presencia en la Venezuela bolivariana porque la vida cotidiana es insegura; podemos perderla a manos de un adolescente alterado por la droga o el hambre: por un Guardia Nacional o algún patriota cooperante unido a un grupo de delincuentes armados por el propio régimen militar. El cooperante se activa como un aire malsano desplazado al azar, de este a oeste, de aquí para allá, impulsado en sentido contrario sembrando el pánico y la muerte de civiles que protestan pacíficamente por la negligencia y los vejámenes de los odiosos mandatarios. Todo se vuelve incertidumbre. Cada mañana en Guarenas o en cualquier otra ciudad dormitorio hay o no hay transporte para venir a trabajar a Caracas.

Largas colas se forman desde el amanecer o antes, pero no aparecen los autobuses ni los carros por puestos o están allí sin moverse porque los choferes insisten en aumentar el pasaje desconsideradamente y los usuarios se niegan a aceptar las nuevas tarifas sin que ningún representante del régimen aparezca dando explicaciones o poniendo en su sitio a los abusivos “conductores de las unidades”.

El Metro no funciona; hay tumulto y desconcierto en las calles y avenidas porque la gente, abrumada por la incertidumbre, sabe que no va a cumplir con sus obligaciones porque los taxis o los carros por puestos alzan de manera criminal las tarifas y nadie da explicaciones o pone orden y disuelva la incertidumbre que impregna los comentarios que circulan como el mismo aire malsano que mueve a los cooperantes: un hombre se desesperó suicida en Altamira o en Gato Negro; un vagón se descarriló; hubo un corte de electricidad en Los Cortijos que paralizó nuevamente el Metro. ¡Y la incertidumbre vuelve a crecer!

Las santamarías de tiendas, farmacias y ferreterías permanecen cerradas durante todo el día; no hay comida, los cajeros automáticos no tienen dinero, pero no se produce ninguna explicación oficial.

El Ávila se está quemando por los lados de Boleíta, pero ningún organismo forestal ofrece una explicación del origen del incendio o si se está cumpliendo alguna instrucción para apagarlo. Por el contrario, el régimen permanece en silencio atizando el fuego de la incertidumbre de un país que siente que está cayendo en un abismo sin fondo.

El infortunio va y viene, de la misma manera como ocurre en los supermercados con los anaqueles que hoy están vacíos; mañana estarán abarrotados con algún producto innecesario. No ocurre así con las escuelas y liceos. Los maestros y profesores han desertado obligados por una diáspora desalentadora y precarios salarios. Las mensualidades conocieron el delirio de sucesivos incrementos, los padres y representantes no pudieron satisfacerlas y los colegios colapsaron activando un pavoroso oleaje de incertidumbre escolar.

Pero, en el fondo de su alma estropeada, el venezolano no quiere la incertidumbre. Por el contrario, adora los milagros, la presencia súbita del mesías político, del salvador que de lunes a martes, con la mopa del odio y del repudio, lavará de un solo coletazo la suciedad dejada por el sátrapa mientras lo sacamos a patadas del palacio de gobierno donde pretenderá refugiarse.

Acabamos de dar una nueva prueba de nuestra fuerza civil. El régimen militar respondió como acostumbra hacer: con extremada violencia y ferocidad criminal. No como políticos sino como delincuentes, connotados narcotraficantes. Seres vulnerables. Perfectamente odiados por la comunidad. Cercados por la opinión internacional cada vez más cerrada y amenazante. Aplicando sanciones morales y económicas de creciente vigor.

Ya Maduro tienen trazada la ruta de la huida pero con cierta incertidumbre: Bolivia o Cuba o Rusia. Alguna aislada mansión boliviana para no familiarizarse con quechuas o aymaras; dudo que Cuba lo reciba a menos que alimenten la idea y el interés de esquilmarlo, pero puede que lo acepten en Rusia siempre que cancele la deuda multimillonaria que le debe a Putin considerado como su amigo cercano pero lejano. Putin sabe que un nuevo gobierno opositor no reconocerá ningún acuerdo firmado por un usurpador. ¡Tampoco los chinos!

Apoyados por el mundo los opositores a la dictadura se mantienen firmes frente a las agresiones del régimen militar y alertas ante los agresivos desplantes del terrorismo islámico pero observando a los responsables del madurismo que arrastran una gran incertidumbre: ¿a quién van a dejarle el paquete de las drogas?