Título universitario en Venezuela: ¿Un adorno para la pared?

Concluir una carrera universitaria, es una de las metas principales con la que muchos jóvenes en Venezuela sueñan y se esfuerzan día a día para poder lograrla. Y es que después de un arduo trabajo desde la infancia, con seis años de colegio y cinco más de bachillerato, es un deber que continúa y que traerá bienestar y estabilidad para el futuro: eso pasa en otros países menos en Venezuela donde la realidad es totalmente contraria.

Redacción Venezuela al Día

Con un país sumergido en una espiral inflacionaria, los sueldos que devengan los profesionales no alcanza ni para costear la comida de un mes, por lo que Venezuela se ha convertido en un país donde los profesionales dejan el título colgado en la pared y salen a buscar el pan de cada día en el comercio informal a costa de lo que sea.

Después de 18 años de estudios, desde el primer día de primaria hasta obtener sus dos títulos universitarios: uno de Licenciada en Economía y otro en Técnico Superior Universitario en Seguridad Industrial, Naomi (Nombre utilizado para proteger la identidad de la fuente contactada por Venezuela al Día) decidió dejar su trabajo de sueldo mínimo para hacer vida en el comercio de productos entre Venezuela y Colombia.

La joven de 28 años cambió la oficina por una jornada de trabajo sin horario y viajes una vez por semana a Maicao llevando mercancía que le piden los clientes que ha logrado con el tiempo. “Es arrecho” afirma. “Guardar tu título universitario pa’ salir todos los días a buscar mercancía, lidiando con el sol, la falta de efectivo, el calor, el transporte público, y eso es nada más el principio”, comienza contando la joven.

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La madre de un niño de tres años asegura que la verdadera travesía comienza muy temprano. “Cuando viajo ya tengo un transporte que me busca a las cinco de la mañana y vamos drectoa Maicao, ahí empieza el estrés” asegura. “Cuando ya estamos cerca vamos por las trochas y eso es horrible, primero nos conseguimos ‘alcabalas’ de tipos con armas largas que piden una cuota por persona para poder seguir. Yo ni los miro”, asegura Naomi.

Las autoridades son partícipes
“Los guardias – venezolanos- son los peores, te paran en un punto y te piden dinero, te quitan mercancía y si se enamoran te piden el número (de teléfono) y ¿Cómo dices que no? Tienes que dárselos” comenta la joven quien confiesa estar permanentemente en zozobra porque “he visto como bajan a muchachas de los carros y las llevan a un monte o las encierran en un cuarto y cuando vuelven cuentan todo lo que les hacen”. Y al ser cuestionada sobre si se trata de abusos sexuales, responde afirmando con la cabeza al tiempo que lágrimas llegan a sus ojos.

Una vez en Maicao, la venezolana se desenvuelve sin problemas, llega al local de su cliente quien le encargó con anterioridad unas tulitas –bolsos con una sola correa-, conversan, se ríen y proceden al pago. “600 mil pesos en un día, me da dolor ser una profesional y trabajar de esto pero eso no me lo gano ni en tres meses ejerciendo mi carrera en Venezuela”, expresó con rabia.

Esta no es una situación aislada, en el Zulia es frecuente el caso de personas que abandonaron sus trabajos estables por buscar un mejor futuro entre las trochas que conducen a Maicao. Maribel es una joven madre y esposa que salió decidida a ganar dinero y dejar atrás su título de ingeniero.

Esta mujer se gana la vida haciendo contrabando de pescado entre Venezuela y Colombia. “Hoy en día me deprimo, a veces ando mal, que me pongo a llorar, porque no puede ser que hoy en día soy lo que siempre quise ser y ahí está mi título, guardado”, afirma mientras va en un carro para comenzar su faena.

Varias familias se reúnen y preparan para un viaje de 24 horas en carro, barco y camión, es lo que les espera a estos hombres y mujeres que se han convertido en traficantes para sobrevivir.

En cada etapa prevalece la corrupción
Antes de emprender uno de los trayectos debe acordar con los personas el pago del traslado que además del pasaje incluye el pago a las autoridades que se cruzan en su camino. “Eso es para pagarle a la policía, a la guardia de tierra y guardia costera” cuenta Maribel.

Montada en uno de los camiones que van en caravana, se cruzan con las autoridades, las mafias y los delincuentes locales y cada uno cobra sus cuotas. “Así cómo están viendo, aquí se sufre, aquí llegamos todos golpeados, pero vale la pena”, confiesa en un reportaje de France 24.

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Una vez en Maicao, empieza la negociación de la mercancía con los compradores, en su mayoría colombianos y el pago es en pesos de ese país. “500 mil pesos, que en Venezuela son 300 millones de bolívares (antes de las reconversión y paquetazo económico de Maduro), que en 20 meses de trabajo no me los gano y en un día aquí lo tengo”, afirma Maribel mientras mueve los billetes entre sus manos.