La lucha libre electoral por Gustavo Tovar-Arroyo

Foto: Diario La Voz

 Los rituales del caos 

Así como los circos, en mi infancia –sin Internet ni Iphone– me entretenía la lucha libre. No era una pasión embriagadora como sí lo era el fútbol o el boxeo, pero debo reconocer que los golpetazos, patadas voladoras, llaves maestras de estrangulamiento y acrobacias arrolladoras me pasmaban frente a la televisión. En más de una ocasión mi papá me llevó a una de esas batallas de malabarismos noqueadores que era la lucha libre y que mi amigo, el singular Carlos Monsiváis, definió en su celebrado libro Los rituales del caos como: “el rito de la pobreza, de los consuelos peleoneros dentro del gran desconsuelo que es la vida, la mezcla exacta de tragedia clásica, circo, deporte olímpico, comedia, teatro de variedad y catarsis laboral”, y pude constatar con mis propios ojos y angustia la ferocidad de aquellas peleas. Un día hasta la sangre que brotaba de la cabeza descalabrada del Huracán Ramírez me salpicó.

No sabía, no tenía idea, que aquello era teatralidad y divertimiento, fue decepcionante descubrirlo; pero esa también es otra historia.

 El enmascarado de plata

Mi luchador preferido era un mexicano conocido como El Santo. Su rareza consistía en que era un héroe con máscara plateada, le llamaban “El enmascarado de plata”. Aún recuerdo con apremiante intensidad cuando El Santo se enfrentó al Blue Demon en la Arena México (imagino que ambos ya eran unos destartalados viejetes para entonces) para dirimir su eterna rivalidad. El Blue Demon que había batido, casi vencido, a El Santo con demoledores golpes y una tronadora llave china, estuvo a punto de desenmascarar a mi ídolo en el pugilato y –casi desmayado de pavor, entre gritos de desesperación, llanto y una agonía inconsolable– me escabullí del cuidado de un primo que tenía la complicada misión de cuidarme e intenté subirme al ring para salvarlo. No fue necesario, “El enmascarado de plata” logró librarse del Demonio Azul (Blue Demon), cubrir su rostro y derrotarlo después de un severo y cruento combate. Sin embargo, El Santo, que había sido advertido del intentó de aquel niño brioso, premió mi hazaña infantil con una máscara autografiada que todavía conservó. Monsiváis se desternillaba de la risa cada vez que lo recordábamos. La última vez que conversamos de ello fue en Caracas, el chavismo todavía no me había desterrado, cenábamos en la casa del Embajador de México junto a Teodoro Petkoff, Tulio Hernández y Antonio López Ortega.

Recuerdo que el Maestro mexicano en algún momento de aquella velada me advirtió: Venezuela es como la Arena México, la diferencia es que si no te subes en el ring, la política te dará una patada en el culo y ofrecerá un premio de consolación.

 La Arena Venezuela

Nunca he sido ni seré un abstencionista, creo que el voto es un elemento movilizador de los pueblos, incluso cuando padecen dictaduras como la chavista. Tampoco he sido ni seré un piadoso mártir electoral, que se sacrifica abnegadamente como un acto de fe (no de conciencia), mucho menos en tiempos de dictadura como la chavista. Para mí votar, como acto de conciencia crítica, en tiempos de democracia me debería permitir elegir una visión de país que comparto o anhelo; y en tiempos de dictadura (donde las elecciones siempre son amañadas y fraudulentas), debería activar, reunir y movilizar mi conciencia con otras conciencias para erradicar la dictadura con protestas en las calles y ante los poderes de la tiranía. Votar por votar, por voluntarismo o porque no hay más nada que podamos hacer, en democracia o dictadura, me parece tan falaz e inútil como subirse en un ring de lucha libre a defender a uno de sus luchadores. Votar en este “rito de pobreza, consuelo de peleoneros dentro del gran desconsuelo que es la vida (en Venezuela), mezcla exacta de tragedia clásica, circo, deporte olímpico, comedia, teatro de variedad y catarsis laboral” que son nuestras elecciones, serán un acto de conciencia o de fe, dependiendo si el pueblo llano y los luchadores del ring (algunos les llaman: candidatos) están dispuestos a dar el todo por el todo por los resultados y batirse como combatientes honestos (no enmascarados de un espectáculo) por reivindicar multitudinariamente su triunfo.

¿Ocurrirá eso en nuestro próximo entretenimiento electoral?

La lucha libre electoral

Cruzada de borrachos tras una botella vacía, los gritos, insultos, empujones, algarabías, sobresaltos y mordiscos que han producido las elecciones regionales, sus santos y demonios, son lo más parecido a un espectáculo de lucha libre que hayamos experimentado en Venezuela jamás; incluyendo el enfebrecido fervor del público (le llaman: pueblo) que desde las gradas también se han amarrado unas coñazas atormentantes. Todos sabemos que las regionales son una ficción, que los resultados serán fraudulentos; todos sabemos que las meretrices del narcochavismo tienen decidido quien ganará y que algunos de los “luchadores” (les llaman: candidatos) ya han negociado los resultados y están dispuestos a aceptarlos sin ripostar (son parte del show); todos sabemos que en condiciones normales, el chavismo sería arrasado, demolido, aplastado y convertido en polvo cósmico (le quitaríamos la máscara); pero pocos sabemos si la oposición defenderá su victoria y en el caso previsible de que se la roben, si llamará al público (le llaman: pueblo) a reivindicar su fuerza popular y soberanía en el ring de la historia. El espectáculo es sórdido, pugna de feroces rinocerontes. Nadie sabe qué pasará. Sólo sabemos que si el pueblo no toma el ring, la política le seguirá metiendo una patada en el culo a su esperanza.

¿Votar o abstenerse? Ese no es el dilema. Reivindicar la rebelión civil, lo es; sólo si lo hacemos dejaremos de ser un espectáculo triste y existiremos frente a la historia.