Familia venezolana narra cómo perdió su casa en terremoto de México

AFP / Ronaldo SCHEMIDT

32 años después México volvió a sacudirse. Un terremoto de magnitud 7.1 en la escala de Richter, registrado a la 1:14 del martes 19 de septiembre, que hasta el momento suma 337 víctimas fatales y que suma al menos 3000 viviendas afectadas, hizo retroceder el reloj al año 1985 cuando un desastre natural de magnitudes similares dejó al país azteca en precarias condiciones.

Pedro Eduardo Leal/ Venezuela Al Día

Simón Hernández y Adriana Cols, una pareja de venezolanos residenciados desde hace dos años y medio en el mencionado país jamás se imaginaron cuando salieron esa mañana de su hogar que sería la última vez que podrían acceder a él. Según cuenta la cineasta criolla, en 45 segundos – tiempo que duró el sismo – se perdió todo el esfuerzo que habían logrado desde que decidieron, como miles de venezolanos han optado, arrancar de cero del otro lado de la frontera.

Foto: Pedro Leal

El día transcurría normal, los mexicanos esa mañana hicieron lo que se ya se ha convertido en un ritual, a propósito de cumplirse otro año de una de sus más grandes tragedias naturales, y evacuaron sus hogares y oficinas en el marco de un gran simulacro.

Horas más tarde Adriana, según narra en exclusiva a Venezuela Al Día, corría despavorida de su oficina a la escuela donde estudian Salvador y Adrián, sus hijos de 4 y años, respectivamente. “Durante el terremoto pude comunicarme con mi esposo que se encontraba al sur de la ciudad, supe que estaba bien”, destaca.

No hubo protocolo de seguridad ante una eventual replica que la frenara, y pese a la advertencia de su jefe de cumplir con las normas preestablecida, la venezolana logró atravesar las ocho cuadras qu separan el sitio donde labora con el centro donde se forman sus descendientes. Estos se encontraban en el sitio con Ivonne, suegra de Adriana, quien había llegado a recogerlos antes del movimiento telúrico.

Entre el pánico y colapso

Estando en la escuela de sus hijos una fatídica llamada las hizo aterrizar en que el terremoto los había dejado en la calle y con lo que cargaban puesto. Una pareja de amigos logró comunicarse con Adriana para decirle que se habían acercado hasta la calle de su residencia y le dijo que el edificio estaba a punto de derrumbarse.

Los nervios, revela la fuente, se apoderó de ambas féminas quienes rápidamente comenzaron a buscar un taxi para sortear el colapso de la ciudad y poder llegar más rápido hasta el lugar de su vivienda. Dejar los niños con la abuela e irse en ecobici fue una de las opciones que se pasó por la mente de Adriana. Finalmente lograron abordar un vehículo que finalmente no logró avanzar a la velocidad que la emergencia requería.

Mientras esto ocurría, Simón, músico de profesión, se encontraba al sur de la ciudad, donde si bien la estructura de su trabajo no resultó afectada, por la magnitud de la tragedia, estaba totalmente colapsado. Ante la ausencia del padre, Salvador, un menor de apenas cuatro años, intentaba calmar a su madre y a su abuela. “Calma, calma. Todo está bien”, repetía el infante.

Foto: Pedro Leal

Mientras la familia buscaba la manera de llegar hasta desde la colonia Alzures, donde está ubicada la escuela de los niños, hasta la avenida La Morena, donde se encuentra su edificio –aún en pie pero declarado inhabitable por las autoridades- dos vecinos lograron romper la puerta para rescatar a su mascota, quien se quedó encerrada tras el sismo. Hoy para todos, esta pareja de hermano son sus héroes anónimos.

El congestionado tráfico apenas les permitió avanzar desde Alzures hasta Reforma, una distancia similar a la que existe entre Sebucán y Altamira en Caracas. El resto del camino debieron hacerlo a pie, tardando cerca de dos horas en llegar. Adriana subraya que desde el cruce de Cuauhtémoc hasta el cruce con Nicolás San Juan su calle, todos los edificios se veían muy afectados. “Cuando llegamos a dos cuadras de nuestra casa se veían las montañas de escombros que se habían caído”, detalla.

Una vez en el sitio, Salvador, el mismo que afuera de su escuela él había dado animo a su madre y a su abuela, entró en shock. “Se destruyó mi casa, se destruyó mi casa”, gritaba el pequeño mientras lloraba. Las mujeres intentaron sacar fuerza, comentan que fue muy difícil mantenerse en pie para evitar poner más nerviosos a los niños.

La esperanza, lo último que se pierde siempre

Foto: Pedro Leal

Adriana, aún con la esperanza de que por dentro el edificio fuera rescatable o al menos pudieran sacar sus pertenencias, ingresó luego del derrumbe y sin escuchar las prohibiciones de su esposo por el riesgo de que el edificio se desplomara. Hoy narra que lo hizo por no haber visto hasta entonces los videos de los edificios cayendo cuales castillos de naipes.

Una vez adentro logró convencerse que era imposible permanecer ahí dentro. A pesar de ello, aprovechó los minutos que duró dentro de su casa para extraer los pasaportes y partidas de nacimientos de los cuatros, además de unos ahorros, un disco duro con información valiosa de la pareja y un bajo con gran valor sentimental para Simón. El instrumento musical pertenecía al padre de su esposo por haber pertenecido a su padre, fallecido cuatro años antes.

“Subí, inconsciente, pensé por un momento más en lo material que en el riesgo que corría”, relata.

Todo se irá con el edificio

Las pertenencias de Adriana y Simón se irán con el edificio una vez que este sea demolido, mientras tanto esta familia venezolana ha iniciado una campaña de recaudación de fondos para comenzar nuevamente de cero. Están convencidos que también que podrán salir de esta y de las que vengan.

Mientras tanto se encuentran en casa de JP, a quien definen como un hermano escogido de la vida que les ha abierto sus puertas y ha sido un ángel que nos ha dado contención y felicidad incondicional. “Estamos de nuevo en pie, unidos y fuertes para afrontar lo que sigue con la mejor disposición”, sostienen.